Cómo viven los españoles el cambio climático en plena crisis económica


30.06.2014

Escrito por:


Los ciudadanos y el cambio climático.

El informe de la Fundación Mapfre “La respuesta de la sociedad española ante el cambio climático 2013” se planteó explorar, a partir de 1.300 entrevistas personales realizadas en toda España, cómo viven los españoles el cambio climático en plena crisis económica.

El estudio revela que 9 de cada 10 españoles consideramos que el cambio climático existe y que se está produciendo por la actividad humana. Seis de cada diez pensamos que es un peligro muy grave al que no se le dedica la atención necesaria. Pero sí en 2008 ocupaba el quinto puesto entre las diez cuestiones que más nos inquietaban, en 2013 (inmersos en la crisis económica) la hemos relegado al puesto noveno. Y muy por debajo aún está nuestra preocupación por la contaminación. Por último, la gran mayoría de nosotros no entiende las causas del cambio climático y, por tanto, no tenemos criterio para apoyar las medidas más adecuadas para detenerlo.

Pues bien, los dos modos principales en que individualmente podemos incidir en frenar el cambio climático es disminuyendo el consumo de energía en los hogares y en el transporte. Y en ambas actividades se está produciendo un cambio de hábito en 8 de cada 10 españoles, pero motivados por el ahorro en estos momentos de dificultades económicas sin pensar, ni por lo más remoto, en el cambio climático.  

Para disminuir el consumo de electricidad, por ejemplo, el 90% de los encuestados ya tiene la rutina de apagar la luz cuando no la usa y los aparatos eléctricos cuando no están funcionando, el 74% emplea sus propias bolsas cuando va la compra, etc.

En el transporte en la ciudad estamos adquiriendo la costumbre de ir a pie cuando el desplazamiento es corto,  de usar  con más frecuencia el transporte público y de recurrir al coche solo para trayectos largos.

Si tenemos en cuenta que el 30% de gases de efecto invernadero proceden del consumo en los hogares resulta paradójico que sea la crisis económica la que nos está educando para actuar en contra del cambio climático.

No obstante el comportamiento individual de los ciudadanos no es suficiente para resolver un problema de tales dimensiones. Podría darse el caso de que un español, consciente del ahorro energético en su casa y que evitase al máximo coger el coche,  un buen día leyese con perplejidad e impotencia en un periódico la noticia de que “El cambio climático incrementará las enfermedades respiratorias”

Disminuir la emisión de gases de efecto invernadero en el planeta, por su complejidad y por la gravedad de sus consecuencias, requiere además una decisiva y unánime voluntad de todos los Estados.


El reto de las grandes potencias ante el cambio climático.

Para ir deteniendo el cambio climático los países industrializados tendrían que reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero en un 30% para 2020 y en un 80% para 2050 (respecto a 1990), y hacerlo ayudaría a los países emergentes a iniciar su  reducción sin empobrecerse tal y como explicó el periódico 20 minutos en su artículo “La crisis económica mundial relega el cambio climático a un segundo plano”.

Desde hace veinte años, cada gran potencia negocia la disminución de las emisiones de CO2 (uso del carbón, petróleo y gas)  proponiendo una pequeña reducción de emisiones condicionada a que las demás potencias hagan lo mismo. Así, los Estados Unidos se comprometen a  reducir un poco de CO2 si también lo hace China, y viceversa.

El  problema de Estados Unidos no es la competencia de China, sino la complejidad económica que supone pasar de producir combustibles fósiles por la cantidad de 17.5 billones de dólares a alternativas que no contaminen. El problema de China no son los EE.UU., sino su dependencia del carbón. No se trata de un problema de negociación política sino de decidir cómo estos dos países, principalmente, reducen  las emisiones de CO2 sin dejar de ser económicamente fuertes.

Para ello primero se requiere resolver tecnológicamente la producción de energía no contaminante, lo que es ya una realidad tangible. La energía solar y eólica ya la produce, pero aún  se necesita resolver el almacenamiento de estas fuentes intermitentes de energía limpia.

La electrificación del transporte la ha conseguido  la compañía Tesla que con sus coches eléctricos ha llamado la atención del mundo,  aún necesitados de un mayor rendimiento y un menor coste. Tesla, dispuesta a mejorar sus vehículos, ha hecho historia al permitir el uso de sus patentes a sus competidores. Los avances en la nanotecnología ofrecen la posibilidad de  materiales de construcción más ligeros para edificios y vehículos, y por tanto energéticamente mucho más eficiente, etc.

Para seguir los efectos del cambio climático y revisar todos estos progresos se organizan continuamente  reuniones internacionales de científicos como la que este verano tendrá lugar en Bergen, Noruega, organizada por IMBER. (Integrated Marine Biogeochemistry and Ecosystem Research project). 

Pero resulta obvio que para contener el cambio climático no solo urge el esfuerzo científico y tecnológico, ya en marcha, sino la voluntad de las grandes empresas de jugar limpio y hacerse una competencia leal, dificultad imposible de ignorar pero imperiosa de remediar (recordemos el ejemplo de Tesla), porque de ello depende la supervivencia de nuestra especie.


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