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Cargociencia

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21.09.2012

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Hace ya bastantes años, el profesor Richard Feynman, premio Nóbel de física en 1965, con motivo de una clase inaugural en una Universidad, brindó a sus alumnos una historia realmente interesante. Se trata de lo que él llamo cargociencia. La historia dice algo como sigue:

“En los mares del sur hay gente que adora a los aviones de carga. Durante la II Guerra Mundial observaron cómo los aviones de transporte aterrizaban en sus islas cargados de todo tipo de magníficos materiales. Sin embargo un buen día esto dejó de suceder, y ahora están dispuestos a que vuelvan. Para ello han aplanado extensiones de playa a modo de pistas de aterrizaje, con hogueras a lo largo de sus lados. Han construido una cabaña a modo de torre de control, con grandes cañas que sobresalen como las antenas y con un hombre en su interior, el controlador, con grandes piezas de madera en ambos oídos a modo de auriculares. Sin embargo los aviones no llegan, y eso que todo es igual a como lo era en el pasado”.

Si tuviéramos que explicar a esa gente qué es exactamente lo que falla no sería sencillo. No se trata de la forma de las piezas de madera o la altura de las cañas, sino que es algo mucho más profundo. Feynman llama cargociencia a aquellas cosas que, aunque formalmente parecen obedecer a todos los principios formales de la ciencia, están dejando al margen algo fundamental, porque, lo que es cierto, es que los aviones no aterrizan.

En nuestro tiempo podemos ver cargociencia por todas partes. Una camilla en una sala pintada de blanco, un hombre con bata blanca y un diploma en la pared no hacen a un curandero médico. Formalmente es todo igual pero los pacientes no se curan. Anuncios en la televisión de remedios para obtener la juventud, entiéndase, cremas antiarrugas, son presentados por actores con bata blanca y un laboratorio de fondo. Formalmente es como si nos lo estuviera contando un científico, aunque todos sabemos que se trata un actor.

Hoy en día, el aspecto formal puede resultar determinante, sin preocuparnos demasiado por los resultados. Abusamos mucho de la denominada falacia de la autoridad, es decir defender algo como verdadero porque quién lo dice tiene autoridad sobre la materia (o al menos porque su imagen formal es de alguien con esa autoridad). Es más convincente que nos venda un champú alguien con una buena cabellera, aunque no nos preocupe si realmente utiliza o no ese champú.

Ese exceso de aspecto formal en todo quizá esté afectando a cómo desarrollan la innovación muchas empresas.

Escucho ideas como “dejamos que los empleados dediquen un día de la semana a lo que quieran”, no tanto porque estemos convencidos de que va a ocurrir algo bueno en la empresa sino porque hemos oído que lo hace Google. O eliminar las corbatas, solo porque no se ven en Sillicon Valley. Apple es una empresa innovadora porque ha inventado el iPAD y ha conseguido venderle uno a mucha gente… de manera que muchas empresas adoptarán el uso del mismo aunque no sepan muy bien para qué. Quizá si le damos uno a cada empleado, la empresa se vuelva más innovadora.

La innovación en la empresa no puede ser únicamente un aspecto formal, atractivo, o cool, porque con él no vendrán las innovaciones y por lo tanto tampoco el dinero, al igual que no sanan los pacientes de los curanderos ni aterrizan los aviones en los mares del sur.

Muchas empresas focalizan demasiado su proceso innovador en la generación de ideas, olvidando aspectos mucho más complejos como la implementación, su venta a los clientes, su sostenibilidad en el tiempo.

La innovación sobre todo debe ser un proceso de generación de nuevos ingresos, de generación de negocio de una manera diferente a la habitual. Un proceso que realmente confiera una nueva ventaja competitiva a la empresa, algo que sus competidores no puedan imitar fácilmente. Y así nadie dirá que hemos inventado la cargoinnovación.

Fotografía de Caveman Chuck Coker | Flickr

 

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